Talento y motivación para la escritura

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Artículo original aparecido en Escrilia el 20/12/2014

Cuando decidimos que la escritura será un poco más que un hobby y llenamos nuestras primeras páginas de historias surge una inquietud:

¿Soy lo suficientemente buen escritor como para publicar y que me lean?

Todos alguna vez nos hicimos esta pregunta y eso es bueno. Estar totalmente convencido de que uno escribe como un genio, por el contrario, indica que nos falta mucho por aprender.

El ser humano tiende a compararse con otros, por naturaleza. Es ciertos aspectos, nuestra felicidad depende (o al menos se condiciona) en considerarnos mejores que otros. Hay factores objetivos de comparación que son los que la sociedad en general utiliza para categorizar a la gente (sueldo, estudios, logros deportivos y profesionales, posesiones) y que la mayoría acepta, sin entrar en consideraciones morales de si está bien o no.

Para juzgar nuestra creatividad, los baremos no están tan claros. El éxito en ventas es un indicio, pero no garantiza calidad. La ponderación de la crítica no garantiza nada, ni siquiera ventas. En el plano personal, consideramos que alcanzamos nuestro objetivo cuando creemos que escribimos mejor o al menos al mismo nivel que otros escritores.

Claro que hay un gran problema con esto: estamos comparando (como diría mi maestra de segundo de primaria) manzanas con naranjas. Comparamos nuestro interior con los exteriores de otras personas.

Hay una pregunta filosófica que siempre aparece en cuanto se profundiza un poco el tema del pensamiento y el conocimiento profundo: ¿Alguna vez podemos estar seguros de lo que piensa otra persona? La respuesta es simple: no se puede.

Hasta las personas más cercanas, las que conocemos de toda la vida (padres, parejas, hijos, amigos de siempre) son libros cerrados y nunca tendremos acceso directo a sus pensamientos y emociones si no es por el filtro de su comunicación y por su selección de cosas que contarnos. Y esa selección es siempre tendenciosa.

Alguien que esté ofreciendo una charla, muy relajado y confiado, podría ser un manojo de nervios por dentro. Nunca lo sabremos.

De hecho, si el que da la charla es realmente bueno, probablemente esté nervioso por dentro. Hay varias teorías que sugieren que el llamado síndrome del impostor se agrava mientras las personas mejoran su desempeño. Mientras más cumplidos se obtienen, hay más posibilidades de codearse con gente más talentosa, dejándonos aún peor en comparación.

Por otro lado, la gente que realmente no tiene talento probablemente no tiene idea de que no es buena, porque no lo puede reconocer (este es el llamado efecto Dunning-Kruger).

En conclusión: Si usted está preocupado por no ser lo suficientemente bueno escribiendo es quizás un signo de que es bueno.

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