La mirada objetiva del corrector literario

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Artículo original de Néstor Belda, publicado en nestorbelda.com el 11/12/2015

Gardner Botsford fue, durante 40 años, editor de la revista The New Yorker. En su libro Life of Privilege. Mostly expone algunas reglas generales de edición, fruto de sus años de experiencia. En la nº 2, dice:

Los buenos escritores se apoyan en los editores; no se les ocurriría publicar algo que nadie ha leído. Los malos escritores hablan del inviolable ritmo de su prosa. Gardner Botsford

No es que Botsford hubiera escrito un concepto que yo ignorase, e intuyo que todos los que se dedican a la edición, también lo saben.

En el artículo Cada escritor lo es a su manera, digo que la evolución de un escritor se construye con pasión, aprendizaje, experiencia y honestidad, y que pasión significa esfuerzo y humildad. De algún modo, mi concepto recorre la frase del editor de The New Yorker, de la primera hasta la última letra.
Existen muchas razones, y muy concretas, que justifican que un escritor recurra a un corrector literario para pulir su obra. Internet está colmado de recomendaciones, pero hay algo que nadie, o que casi nadie, alude, y es el aprendizaje y la experiencia: El proceso de corrección de una obra debe ser para el autor una experiencia enriquecedora. Con los años he aprendido que cuando me encuentro con una frase, digamos que como esta: «Julia necesitaba hablar con Ramón de un tema importante y trascendental», debo explicarle al autor las razones por las cuales hay que quitar uno de los adjetivos.

También soy escritor (en los ratos que me quedan libres) y, como todos, tengo mi puntito de amor propio. Por esa razón, una de las preguntas que suelo hacerle al autor antes de aceptar el trabajo es: ¿Estás dispuesto a escuchar cosas que quizá no sean agradables para tu orgullo de escritor? La mayoría contesta que sí, que les interesa aprender. Es notable. Cuando un escritor me envía su segundo libro para someterlo a edición, enseguida advierto que un porcentaje de los errores cometidos en el primero —estructurales, de construcción de los personajes, de fluidez de los diálogos, etcétera—, ya no los comete, lo cual es un valor añadido no monetizado que recibe el autor, pero que, para ser disfrutado, requiere humildad. Y la humildad de un escritor forma parte de su pasión literaria.

Esto no significa que las indicaciones del corrector literario no admitan dudas ni disputas. En lo que a mí respecta, no soy infalible. En más de una ocasión se me plantean situaciones que me exigen recurrir a manuales especializados, incluso a la opinión de un colega. Pero mi mayor temor son esos «piojos» editoriales que tienen la virtud de colarse impúdicamente en la obra. En mi versión de 1984 de George Orwell hay una frase que dice «Los demás es [se] esfumaban, seguramente en los campos de trabajo forzados». Ese «es», en lugar de «se», es un piojo editorial.

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